La deuda pública es un concepto que genera debates intensos en el ámbito económico y político.
Se refiere a las obligaciones financieras que un Estado contrae para financiar sus gastos, a menudo medido por la ratio deuda/PIB.
Este indicador clave refleja la capacidad de un país para gestionar su economía de manera sostenible.
En este artículo, exploraremos si la deuda pública actúa como un lastre que frena el progreso o como una herramienta que impulsa el crecimiento.
La deuda pública engloba todas las deudas que un Estado mantiene con particulares u otros países.
Se utiliza principalmente para financiar déficits fiscales, mediante la emisión de bonos o la obtención de préstamos.
La sostenibilidad económica depende en gran medida de cómo se maneje esta deuda.
Un ejemplo claro es un país con una deuda de 1 billón de euros y un PIB de 2 billones, lo que resulta en una ratio del 50%.
Este porcentaje indica si la deuda es manejable o si representa un riesgo significativo.
La relación entre deuda y crecimiento sigue un patrón en forma de U invertida.
Niveles bajos de deuda pueden estimular el crecimiento a corto plazo mediante políticas expansivas.
Sin embargo, por encima de ciertos umbrales, los efectos negativos se vuelven dominantes.
Esto se debe a mecanismos como el aumento de la demanda y la producción en condiciones de subempleo.
Estudios como los de Kumar & Woo (2010) muestran una relación inversa a través de tasas de interés altas.
Égert (2015) confirma la no linealidad de esta relación, destacando la importancia de los umbrales.
Uno de los principales riesgos es el alto coste financiero asociado a los pagos de intereses.
Esto limita el gasto en servicios públicos esenciales, como se observa en casos como Colombia en 2024.
La dependencia de los mercados y los tipos de interés puede encarecer la deuda y frenar el crecimiento.
Cuando la deuda supera el 90% del PIB, genera un crecimiento bajo o incluso negativo.
Otros impactos incluyen la reducción de la confianza de los inversores y la presión sobre las políticas fiscales.
Los efectos directos en la población pueden ser significativos, como subidas de impuestos y recortes en educación y sanidad.
Esto se traduce en una menor calidad de vida y en hipotecas más caras para los ciudadanos.
Indirectamente, la deuda pública puede llevar a una menor inversión pública y a un desplazamiento del sector privado.
La economía en su conjunto sufre cuando los recursos se desvían hacia el servicio de la deuda en lugar de hacia proyectos productivos.
En la zona euro, la deuda pública ha evolucionado significativamente, alcanzando alrededor del 102% del PIB en 2021.
España presenta una deuda nominal de 1,693 billones de euros, con un crecimiento interanual del 4%.
Existe un riesgo de estancamiento en torno al 100% del PIB, lo que requiere una gestión cuidadosa.
Factores como los tipos de interés bajos y el crecimiento económico pueden reducir la ratio de deuda.
Sin embargo, el cambio climático podría añadir presión, con proyecciones de un aumento de 5,2 puntos del PIB en España para 2032.
La deuda pública puede ser una herramienta poderosa para el crecimiento cuando se utiliza de manera productiva y por debajo de umbrales críticos.
Sin embargo, si se gestiona mal, se convierte en un lastre que frena el desarrollo económico y afecta a los ciudadanos.
La clave está en encontrar un equilibrio que permita financiar inversiones sin comprometer la sostenibilidad a largo plazo.
Esto requiere políticas fiscales prudentes y una monitorización constante de la ratio deuda/PIB.
En resumen, la deuda pública no es inherentemente buena o mala, sino que su impacto depende de cómo se utilice y gestione en el contexto económico específico.
Referencias